Me abrazo las piernas y contengo la respiración hasta que la presión se siente en los ojos y aire se me escapa por todos lados. Hipo de la rabia, de esa puta rabia contenida que me comí en esa cueva pestilente, entre los sillones, entre los mentolados y los tragos de whisky, las conversaciones vacías y las provocaciones que nacieron de los roces. Odio. Me muerdo los labios, se me entrecierran los ojos. Te detesto, me estás matando. Cada palabra, cada insinuación absurda, seducción iluminada por la luz tenúe de una dicroica sucia, ahí estás vos, coqueteando con la nada, evitándome, con todos tus motivos. Y encontrarte, de nuevo, en una de estas oraciones, pensaba no avisarte, no tocarte.
Inevitable.
lunes, 14 de diciembre de 2009
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